Día de la Madre: “Tengo una hija trans y estoy orgullosa”
Link: Infojus Noticias 18 de octubre de 2015
Gabriela Mansilla es la mamá de la Lulú, la primera nena trans que recibió el DNI con su identidad autopercibida hace dos años, cuando tenía 6. Es una madre luchadora: tiene varios trabajos para mantener a sus dos hijos –Lulú y su hermanito mellizo- y se transformó en este último tiempo en una referente del activismo LGBTIQ. Está por escribir un libro y hacer un documental para ayudar a otros padres con hijos trans.
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| Fotos: Charo Larisgoitia |
Gabriela Mansilla es la mamá de la Lulú, la primera nena trans que recibió el DNI con su identidad autopercibida hace dos años, cuando tenía 6. Es una madre luchadora: tiene varios trabajos para mantener a sus dos hijos –Lulú y su hermanito mellizo- y se transformó en este último tiempo en una referente del activismo LGBTIQ. Está por escribir un libro y hacer un documental para ayudar a otros padres con hijos trans.
En el segundo grado de primaria al que va Lulú, la primera nena trans que
recibió el DNI con su identidad autopercibida a los 6 años, la maestra explicó
las partes del cuerpo humano. En el manual escolar, como no aparecen todos los
cuerpos, tuvo que agregar información:
-Tenemos un corazón, venas por donde viaja la sangre y estómago donde la
comida se procesa y libera energía. Hay nenas con vagina, nenes con pene, nenes
trans con vagina y nenas trans con pene.
En ese momento la clase frenó porque Lulú pidió la palabra. Dijo: “Yo soy
una nena trans”.
Gabriela Mansilla, mamá de la Lulú y su hermanito mellizo,
mostró a Infojus Noticias las felicitaciones adentro de un corazón que le
pusieron en el cuaderno de tareas: “La maestra dijo que terminó dando la clase
Lulú. Generalmente las personas trans sufrieron en la escuela por ser los
únicos, los diferentes, los que se señaló mal. Yo intento que ella con sus ocho
años se sienta bien por ser única. Trato de darle estímulos aunque sé que eso
no depende solo de mí: para los otros lo desconocido no es aceptado. En esta
casa lucho todos los días para que sea feliz porque cuando tiene alguna
situación de inseguridad empieza con las pesadillas. Uno ve en su cuaderno sus
avances y se nota que ella está contenta”.
Gabriela vive con sus mellizos en el conurbano bonaerense, a más de diez
estaciones de tren al oeste de la ciudad de Buenos Aires. Divide sus horas para
hacer todos los trabajos que pueda y darles una vida digna a sus hijos. El
padre de los chicos los acompañó un tiempo durante la transición, pero hace dos
años que Gabriela no sabe nada de él ni recibe ayuda para la manutención. A los
cuatro años de Lulú, después de pasar por “terapias correctivas de la
sexualidad” y médicos que insistían en “curarle el desvío”, la mujer llegó a la
Comunidad Homosexual Argentina (CHA) y le dijeron que no estaba loca. Que las
personas trans también tuvieron infancia, solo que había sido invisibilizada.
“Si yo me hubiera quedado en mi casa con el DNI de Lulú, hubiera muerto
el tema y la noticia quedaba en ‘el boom del nene que quiere ser nena’. Después
de eso aparecieron muchos nenes y nenas más en la provincia y se empezaron a
comunicar con la CHA docenas de familias. El DNI no es todo porque uno no vive
en una burbuja: quedarme sola con mi hija en mi casa no significa que ella no
vaya a crecer ni a tener que salir a la sociedad y relacionarse con otras
personas. Por eso no me canso de ir y contar que tengo una hija trans y estoy
orgullosa, pero necesito que otros padres y madres también acompañen la
visibilización”, dijo Gabriela.
Cosas simples que parecen complicadas
La pieza de Lulú habla: es fan de Anna, de la película Frozen, una de las
princesas que renuncia al beso “salvador” de un príncipe para tener el beso
fraterno de su hermana. A ella le gusta jugar con muñecas y a su hermanito con
autos, pero juntos inventan cosas todo el tiempo porque tienen una energía que
no paran. A la siesta, la detestan. Gabriela tiene un álbum de foto para cada uno de sus hijos, desde el
nacimiento al presente. En las de Lulú, se ve cómo su cara va de la timidez a
la sonrisa total de los últimos años: desde cuando se ponía trapos en la cabeza
y ropa que le quitaba a Gabriela, hasta en las que aparece con el pelo largo y
la ropa que le gusta. Cuando Lulú tenía cuatro años y entró a una juguetería
pidió una muñeca y la empleada le dijo “las muñecas no son para vos”. Gabriela
se la compró igual. Cuando empezó a escribir, una de las primeras cosas que
puso fue “yo nena, yo princesa”.
Gabriela está por escribir un libro y hacer un documental contando lo que
significa escuchar lo que dice una hija trans. Se volvió un referente del
activismo LGBTIQ y la invitan seguido a charlas y presentaciones. Otras
personas que tienen hijos e hijas trans se contactan para compartir sus
historias e intercambiar fotos.
Una madre le escribió a Gabriela desde Chile. Tiene una hija trans de la
misma edad que Lulú:
-¿Qué hago? ¡Se quiere poner aros! –le preguntó.
-Tranquila, son unos agujeritos en las orejas nada más.
-¡Me salió con que no quiere usar más calzoncillos, quiere bombacha!
-Bueno, es solo un poco de tela, no te asustes.
Gabriela tiene paciencia: “Hay cosas simples que se vuelven culturalmente
difíciles porque aunque trabajás para una crianza que no esté estereotipada,
reciben una lluvia de informaciones que los reprimen. Ve los dibujitos, un
programa, una película, va a una juguetería y siempre sigue la misma situación.
Estados de la heteronormatividad, de los casilleros, el binarismo y no salimos
de eso. Entonces aparece una confusión en su cabecita y hay que remarcarle todo
el tiempo que ella no hace las cosas mal. No quiero que la confundan ni que ella
titubee en su seguridad. Quiero que crezca con libertad para que desarrolle su
existencia”.
Una guía de diversidad en las escuelas
Cuando habla se expresa como una experta de la teoría queer de los
géneros, pero
Gabriela dice que no aprendió estas cuestiones por los libros de
filosofía sino por estar abierta a escuchar sin juzgamientos. Creció en una
casa humilde del conurbano y tuvo una madre muy presente, que hizo de madre y
padre a la vez: “Más allá de las necesidades fui una niña feliz. Pero la pasamos
jodida. A veces teníamos que partir dos panes entre cuatro y con eso aguantar
hasta la noche: fui abanderada en séptimo y llevé la bandera con unos
pantalones que me quedaban cortos a falta de otra ropa. No reniego haber pasado
por eso porque me criaron con dignidad y con todo lo que pudieron darme, pero
quiero que mis hijos crezcan sin necesidades. Lucho por darles todo y que
también tengan humildad”.
Cuando mira crecer a Lulú, Gabriela piensa en los años que vienen y desea
que no sufra cuando asomen los pelitos, los cambios hormonales o la voz. A
partir de los relatos de personas trans adultas se sabe que todo aquello que en
la pubertad genera una revolución en los cuerpos y vaivenes en la autoestima,
en un cuerpo trans puede potenciarse aún muchísimo más.
Gabriela entiende que las cuestiones estéticas tienen importancia para la
sociedad que le toca, pero su deseo de madre es que cuando Lulú llegue a los 16
años y su figura se desarrolle, estas cuestiones de “encajar” cambien: “Para
que los cuerpos ya no tengan que pasar por tratamientos hormonales, por
cirugías y otras por cosas que para qué… para encajar. Cuando hablo estas
cuestiones, como mamá, con chicos y chicas trans, me lo explican: ‘Si vamos a
una playa sin remera nos clavan la mirada, nos exigen parecer a las personas
que no son trans’, dicen. A mí me cuesta porque la hormonación, si no se tiene
en cuenta su complejidad, lo que te da por un lado te lo quita por el otro en
salud. Me dicen que a los chicos se les secan los ovarios y las mujeres se quedan
estériles porque la medicación les destruye los testículos, a la vez que les
achica el pene. También te puede bajar la libido y generar depresión. No quiero
que Lulú tenga que pasar eso. Pero si no ‘encajar’ la pone mal, deseo que haya
un equipo de endocrinólogos y médicos reparados para darle lo mejor”.
El Ministerio de Educación de la Nación va a sacar una guía sobre
diversidad en las escuelas y la convocaron a Gabriela para que participe de la
redacción. “Estoy trabajando con el borrador de la guía y entiendo que lo único
que le va a garantizar a Lulú y otros niños una verdadera inclusión es que las
personas los dejen de ver como un ‘otro’ que pone en peligro la normalidad. Si
esa normalidad hace mal, ¿para qué sirve? Aunque no me lo haya propuesto me
hago cargo de la situación que me toca y hablo, porque al visibilizar siento
que construyo un mundo mejor para mis hijos”.
Cae la tarde y Lulú juega con su hermano a escribir su nombre con agua en
las paredes. Sonríen.






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