Cuerpos del delito

Link a nota completa: Revista Anfibia 20 de marzo de 2017

En coautoría con Lara María Bertolini

1.
Muerte natural para cuerpo natural. La travesti no muere de forma natural. Su cuerpo, que renuncia a ser hombre o mujer, cuando muere parece denunciar que “vivir así, se paga”. El cuerpo que niega a la biología, con la herencia de la formación física de la trava a la travita como bautismo. Se paga. El aceite inyectado que corre como un veneno y contamina la sangre. Las violencias institucionalizadas. Las familias que no saben y no quieren saber qué hacer, que odian en nombre del amor: se paga, con una bola de angustia, quedando en la calle muy joven. En el fondo, es el patriarcado quien cobra la traición a la naturaleza: qué hay peor que una mujer, el hombre que traiciona su estirpe siendo una femineidad.

2. 
Jueves 16 de marzo. El cuerpo de Angie Velázquez Ramírez estaba frío y su piel empezaba a ponerse morada como una porcelana dolida, sin la posibilidad del maquillaje prolijo de sus días lejos de la Unidad 22 del Penal de Olmos. Había sido trasladada allí hacía dos días. El motivo de la detención: una causa armada –según quienes la vieron desnuda por completo en una calle de La Plata, para un cacheo policial vejatorio- por tenencia de menos de dos gramos de cocaína. Angie tenía 36 años y hacía 14 había migrado de Perú a la Argentina, donde ejercía la prostitución. Era militante política por los derechos de las travestis: pertenecía a la organización OTrans, a donde iba a las reuniones de los martes, e integraba el chat antirrepresivo, una red que la contactaba con sus pares cuando la policía las llevaba detenidas, una horrenda costumbre.

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