Las cien vidas de Amaranta
Link a nota completa: Revista Anfibia 27 de abril de 2017
En un mediodía de lluvia y viento seco, Amaranta Gómez Regalado, a sus 13 años, se presentó del brazo de sus tías al cumpleaños de su madre. Era 29 de agosto de 1990. Llevaba, por primera vez en público, un vestido: blanco y liviano, con botones a la altura del ombligo. Casi todos la saludaron con naturalidad, diciendo sin hablar que entendían desde hacía rato lo que pasaba. La disposición habitual de esas fiestas era a un lado las mujeres y del otro los hombres, como pasa en la mayoría de las reuniones de Juchitán, una ciudad de 80 mil habitantes en el sur de México. Fue luego de que saludara al grupo de las mujeres -“ahorita hablamos”, le dijo la madre; la voz, un filo-cuando su padre, don Homero Gómez Peralta, tuvo el primer gesto de respeto hacia la nueva imagen femenina: la sentó en su regazo durante un rato, presentándola así a los demás hombres. Caída la noche, mientras seguía la fiesta, Homero la llamó aparte y le dijo unas palabras que se le grabaron:
—Solo te pido una cosa. No me importa todo lo que seas, lo único que no te voy a permitir es que me vengan a decir que estás tirada debajo de la mesa de una cantina.
Aunque hacía varios años que en su interior deseaba moverse con las formas de lo femenino, ese día Amaranta empezó la transición visible hasta convertirse en muxhe. Muxhe, en sus palabras “es una identidad que se construye en un cuerpo masculino pero con un espíritu femenino. Nunca se constituye desde lo masculino, aunque haya muxhes que viven con ropas y apariencia de hombres. Es decir, la feminidad es lo que opera en su identidad”. La etimología de este vocablo proviene del castellano antiguo, una mutación de muller a mujer y que deriva luego en muxhe. El término, según la cultura indígena zapoteca, refiere a personas que gozan de una biología macho o hembra y que viven su identidad de género en oposición a su sexo biológico, lo que se puede presentar tanto en muxhe como en una persona nguiü (que se usa tanto para hombre trans o lesbiana).
—Ser muxhe es posible en un contexto cultural particular que viene desde hace siglos, anterior a la llegada de la conquista. La mayoría de las familias no lo vive como un problema: no se percibe como un trastorno psicológico. El ser muxhe es ser de forma colectiva, no es algo que pase en la soledad de las personas, y eso lo vuelve más fácil de asimilar para quien lo vive y para su entorno –dice Amaranta, de visita en Buenos Aires para el congreso “Justicia de género para una ciudad global”, un encuentro organizado por la Oficina de Género del Tribunal Superior de Justicia.
Un año después del día en que se puso ese primer vestido, el padre de Amaranta le regaló “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez. Ella, con 14, lo leyó con un diccionario al lado por la cantidad de palabras nuevas que iba descubriendo allí. Y encontró su nombre inspirada en Amaranta Buendía, la mujer que se enamora de un general aunque no se anima en ningún momento a confesarle ese amor. Más tarde, su vida y la del personaje de García Márquez tendrán otros puntos en común, pero para eso falta.
Amaranta adolescente, lista para el mundo con su mirada de café tostado al sol del trópico, conformó junto a tres compañeras el grupo New Les Femmes, un show travisteril con el que recorrieron el país haciendo playback y bailando desde pop a sandungas dulzonas.Para entonces, había dejado el secundario porque no aceptaban su identidad muxhe:
—Incluso mi padre había hablado con una prima que dirigía una escuela nocturna, pero en la formación preparatoria de la ciudad, el sistema patriarcal binario es muy expulsivo: las respuestas eran que si quería estudiar debía hacerlo como hombre, y yo no estaba dispuesta. Fue recién pasada la adolescencia que mediante el sistema abierto logré recibirme.
Amaranta empezó su camino en el activismo a los 19 años con Gunaxhii Guendanabani (“Ama la Vida”, una organización destinada a personas viviendo con VIH que fomenta una cultura del autocuidado)-, a partir de un acercamiento casual, en una charla organizada por el municipio de Juchitán: —Estaba escuchando a estas señoras hablar preocupadas por la salud de las mujeres, por los jóvenes, y desde el fondo levante la mano y dije “oiga, ¿y con las muxhes para cuándo?.
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En un mediodía de lluvia y viento seco, Amaranta Gómez Regalado, a sus 13 años, se presentó del brazo de sus tías al cumpleaños de su madre. Era 29 de agosto de 1990. Llevaba, por primera vez en público, un vestido: blanco y liviano, con botones a la altura del ombligo. Casi todos la saludaron con naturalidad, diciendo sin hablar que entendían desde hacía rato lo que pasaba. La disposición habitual de esas fiestas era a un lado las mujeres y del otro los hombres, como pasa en la mayoría de las reuniones de Juchitán, una ciudad de 80 mil habitantes en el sur de México. Fue luego de que saludara al grupo de las mujeres -“ahorita hablamos”, le dijo la madre; la voz, un filo-cuando su padre, don Homero Gómez Peralta, tuvo el primer gesto de respeto hacia la nueva imagen femenina: la sentó en su regazo durante un rato, presentándola así a los demás hombres. Caída la noche, mientras seguía la fiesta, Homero la llamó aparte y le dijo unas palabras que se le grabaron:
—Solo te pido una cosa. No me importa todo lo que seas, lo único que no te voy a permitir es que me vengan a decir que estás tirada debajo de la mesa de una cantina.
Aunque hacía varios años que en su interior deseaba moverse con las formas de lo femenino, ese día Amaranta empezó la transición visible hasta convertirse en muxhe. Muxhe, en sus palabras “es una identidad que se construye en un cuerpo masculino pero con un espíritu femenino. Nunca se constituye desde lo masculino, aunque haya muxhes que viven con ropas y apariencia de hombres. Es decir, la feminidad es lo que opera en su identidad”. La etimología de este vocablo proviene del castellano antiguo, una mutación de muller a mujer y que deriva luego en muxhe. El término, según la cultura indígena zapoteca, refiere a personas que gozan de una biología macho o hembra y que viven su identidad de género en oposición a su sexo biológico, lo que se puede presentar tanto en muxhe como en una persona nguiü (que se usa tanto para hombre trans o lesbiana).
—Ser muxhe es posible en un contexto cultural particular que viene desde hace siglos, anterior a la llegada de la conquista. La mayoría de las familias no lo vive como un problema: no se percibe como un trastorno psicológico. El ser muxhe es ser de forma colectiva, no es algo que pase en la soledad de las personas, y eso lo vuelve más fácil de asimilar para quien lo vive y para su entorno –dice Amaranta, de visita en Buenos Aires para el congreso “Justicia de género para una ciudad global”, un encuentro organizado por la Oficina de Género del Tribunal Superior de Justicia.
Un año después del día en que se puso ese primer vestido, el padre de Amaranta le regaló “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez. Ella, con 14, lo leyó con un diccionario al lado por la cantidad de palabras nuevas que iba descubriendo allí. Y encontró su nombre inspirada en Amaranta Buendía, la mujer que se enamora de un general aunque no se anima en ningún momento a confesarle ese amor. Más tarde, su vida y la del personaje de García Márquez tendrán otros puntos en común, pero para eso falta.
Amaranta adolescente, lista para el mundo con su mirada de café tostado al sol del trópico, conformó junto a tres compañeras el grupo New Les Femmes, un show travisteril con el que recorrieron el país haciendo playback y bailando desde pop a sandungas dulzonas.Para entonces, había dejado el secundario porque no aceptaban su identidad muxhe:
—Incluso mi padre había hablado con una prima que dirigía una escuela nocturna, pero en la formación preparatoria de la ciudad, el sistema patriarcal binario es muy expulsivo: las respuestas eran que si quería estudiar debía hacerlo como hombre, y yo no estaba dispuesta. Fue recién pasada la adolescencia que mediante el sistema abierto logré recibirme.
Amaranta empezó su camino en el activismo a los 19 años con Gunaxhii Guendanabani (“Ama la Vida”, una organización destinada a personas viviendo con VIH que fomenta una cultura del autocuidado)-, a partir de un acercamiento casual, en una charla organizada por el municipio de Juchitán: —Estaba escuchando a estas señoras hablar preocupadas por la salud de las mujeres, por los jóvenes, y desde el fondo levante la mano y dije “oiga, ¿y con las muxhes para cuándo?.
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